martes, 14 de febrero de 2017

El Rey de la Comedia (1982)


¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para poder lograr el sueño que tienes desde joven y que cada vez ves más difícil de conseguir? Posiblemente hay muchos que se dan por vencidos debido a las trabas que nos pone la vida, pero este no es el caso en El Rey de la Comedia (The King of Comedy, 1982), una comedia dramática dirigida por el gran Martin Scorsese y protagonizado por un joven, pero no menos talentoso, Robert De Niro.


La película transcurre en los años 80 en los Estados Unidos, la época y el lugar donde los Late Night Show entran en su esplendor. De la mano de estos, sus comediantes con sus actos políticamente incorrectos pero siempre bajo la premisa de que todo es una simple broma, llegan al pico máximo del clamor popular. A tal punto llegan estas nuevas estrellas, que el público los toma como sus nuevos “dioses mediáticos”, transformando esta admiración y pasión, en nada más y nada menos que locura.

Aquí es donde Rupert Pupkin (Robert De Niro) entra en escena, un comediante de poca monta a quien jamás se le ha presentando la oportunidad justa en el momento oportuno para poder mostrar al mundo lo que es capaz de hacer. En uno de sus días de fanático, como otras tantas veces, se dirige hacia la salida del Late Night Show de moda, el programa de Jerry Langford (interpretado por un irreconocible y genial Jerry Lewis) para ver por unos segundos a su amado comediante favorito de la televisión. Gracias a su amiga Masha (Sandra Bernhard), Robert y Jerry llegan a conocerse y el famoso comediante, solo para librarse de él, le dice que lo tendrá en cuenta para su famoso programa nocturno. 


Aquí es donde el guión de Scorsese cobra magia y las acciones contiguas nos demuestran hasta qué punto puede llegar una persona que está desesperada para demostrarle al mundo lo que es capaz de hacer. La película está llena de sarcasmo, ironía y humor negro y nos identificamos tanto con el personaje que hasta sentimos empatía por él cuándo no consigue lo que busca y nos ilusionamos cuando las cosas mejoran. La dirección es impecable, hasta tal punto que cada escena parece milimétricamente prevista por el gran Martin.

Todo lo que el joven Pupkin quiere es una noche, una oportunidad para demostrar su valía frente a todos los que se han burlado de él a lo largo de toda su vida. Bajo su lema de “Prefiero ser rey por una noche a bufón toda la vida”, Rupert nos demuestra que todo el esfuerzo, tiempo y sacrificios valen la pena por, mínimamente, una oportunidad.


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